Hay flores en la tumba de Asunción – Hina

OPINIONES Y ENSAYOS

Hay flores en la tumba de Asunción

Obituario de una ciudad. Recorrer Asunción es como visitar un cementerio abandonado mientras se tropieza con tumbas vacías que conocen de violencia, desidia y nostalgia. Pero aún hay vida que se asoma en medio de la desolación y la hostilidad 

Escribe: Norma Flores Allende Fotografía: Juan Ramírez

«ASUNCIÓN, La Muy Noble y Leal Ciudad de Nuestra Señora Santa María de la Asunción, Madre de Ciudades. (Q.E.P.D.) Sus hijas participan con profundo pesar tan triste pérdida, que acontece todos los días a 485 años de su nacimiento», rezan en realidad los carteles que empapelan la capital con frases de Alquilo o Vendo.

Mi ciudad te habrá envuelto en sus encajes

 como el hilo y la espuma de una araña

 y querrás reaccionar y será tarde.

—Carmen Soler

Asunción —la ciudad desde donde se refundó Buenos Aires y se fundaron Santa Cruz de la Sierra, Córdoba, Santa Fe y otras— pierde población cada año. Entre sus calles y edificios vacíos, persiste el silencio. Hay una oscuridad perpetua y al recorrerla los pasos retumban entre claroscuros de faroles que se apagan.

La capital de Paraguay es un cementerio de tumbas vacías. Desde 2010, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), pierde población de manera sostenida y desde 1992 no crece. La migración a otras ciudades del departamento Central y a otros países, como Argentina, Brasil, España o EE.UU., es la historia detrás de las casas abandonadas, los extintos comercios y los edificios roídos que a veces se desploman ante miradas ausentes.

Paraguay es el país con la mayor concentración de tierra del mundo: unos pocos son dueños de mucho y, los muchos, no tienen más opción que agarrar las maletas. Por ello, caminar por Asunción es un ejercicio casi arqueológico de reconstruir las voces de quienes moraban en lo que hoy son ruinas, es hasta posible imaginar los  sueños de las familias que lo dejaron todo atrás.

Recorrer Asunción es como visitar un cementerio abandonado. Las veredas son seres engañosos, de donde a veces las raíces de árboles emergen cuales gigantescas víboras capaces de derribar  al más corajudo transeúnte.  Los suelos destruidos obligan a recorrer a pie la ciudad con mucho cuidado, con pasos bien calculados, casi como si se tratara de un campo minado.  A veces, simplemente no hay aceras, y el cementerio se convierte en un camino de muerte, en donde quienes lo recorren, en un acto de fe, abandonan toda esperanza. Siempre es posible caer al averno.

Ariel Ruiz Díaz lo sabe muy bien. Me cuenta la cantidad de pasos, me observa con sus ojos capaces de delatar mi sonrisa. Solo que hay un detalle: él perdió la vista al nacer a consecuencia de una negligencia médica. «Yo siempre fui muy memorista. Tenés que memorizarte el camino, buscando referencias, contando las cuadras. No me gusta, por ejemplo, que me hablen cuando camino porque ya me desconcentra, me desorienta totalmente.» Esto me lo dice sentado en su oficina, en el Servicio Nacional de Promoción Profesional (SNPP), ubicado bastante cerca de lo que hoy se considera el nuevo centro asunceno, el eje corporativo.

Antes de encontrarme con Ariel, debí navegar la ráfaga de automóviles, el rugido de las construcciones y las moles de nuevos edificios que pueblan el nuevo centro desde hace un poco más de un quinquenio. La Asunción de amplias casas familiares, grandes patios poblados de vegetación y empedrados en poco tiempo dio paso a un vertiginoso crecimiento de torres corporativas, como si fueran brazos metálicos que emergen del suelo, rectangulares y repletos de ventanas —brazos metálicos de un mismo ser, de seguro, porque todos son muy semejantes—. Pero ¿quiénes viven ahí?

Ariel me dice que caminar en la avenida Santa Teresa le es muy complicado. Como las aceras son engañosas, su estrategia es buscar los bordes y pedir ayuda a la hora de cruzar la altamente transitada avenida Aviadores del Chaco. «Antes había un semáforo para personas con discapacidad, pero después se sacó. Para mí era brillante porque cruzaba esa zona y seguía derecho y llegaba perfectamente al trabajo».

En la esquina de Santa Teresa y Aviadores del Chaco se encuentra el exclusivo Paseo La Galería, uno de los centros comerciales de lujo más importantes del país rodeado por dos enormes espejos zigzagueantes, en una burbuja que reúne marcas de la más alta gama, oficinas de importantes corporaciones y hoteles. A lo largo de Santa Teresa se yerguen departamentos con precios que alcanzan los millones de dólares.

En Aviadores, los hoteles y bares de cinco estrellas parecen anunciar que en Asunción arriban multitudes de exitosos inversionistas o empresarios. Es posible encontrar alguno que otro, todos de habla porteña, inglesa o portuguesa, dentro de esas pequeñas ciudades-Estado-shoppings, entre escaleras mecánicas, aires acondicionados, paredes y pisos claros. A la salida, solo es posible encontrar fieras mecánicas de dos a cuatro ruedas y la realidad que golpea en las calles: una anciana agotada se sienta tras haber reunido algunas monedas en el semáforo, otra mujer sostiene un bebé a la vez que extiende una mano. Ambas, y los demás habitantes del exterior, hablan otro idioma: guaraní.

El eje corporativo, con sus cementos, vidrios y vigas, no es tan vigoroso como lo aparenta. Sucumbe al agua cuando llueve. Sucumbe a la noche, que revela el vacío de los edificios de departamentos, y, en general, el abandono de una zona donde un gran enjambre de autos y motos se apresuran en escapar a la periferia apenas despuntan las seis de la tarde.  Nadie vive en la ciudad.

Lo cierto es que el bastón de Ariel debe renovarse, idealmente, cada año. La punta se desgasta cada vez más rápido en la búsqueda de los pocos caminos caminables. Él, en silencio y concentrado, reconoce los ruidos de las infinitas estaciones de servicio que comienzan a multiplicarse en todas partes. Sí, las estaciones tienen ruidos característicos, me reitera ante mi incredulidad. A esos sonidos se suman los taladros, martillazos, y autos circulando a gran velocidad, que le indican que está en el nuevo centro asunceno. Pero lo que termina de confirmarle que él se encuentra en la ubicación más exclusiva y cara de Asunción es el olor. El olor a cloaca.

Ciudad: escondes un ángel

en tu quemante muralla de misterios

—Isabel de los Ángeles Ruano

Para María Glauser, la Asunción de su infancia olía a carne de perro muerto. El sitio más importante de su vida tiene un nombre: el triángulo San José, entre las avenidas Perú, España y Artigas. Allí abundaban los perros callejeros, que al morir nadie se los llevaba. «Había uno que estaba sobre las calles San José y España, en esa esquina, y que habrá estado dos o tres meses descomponiéndose. Era como un estudio de biología cada vez que pasaba por ahí» La María de 12 años, de principios de la década de los 90, se debatía sobre si ver o no el cuerpo al pasar. Triunfaba siempre la curiosidad. Entonces ella se tapaba la nariz y se tomaba unos segundos en observar detenidamente el cuerpo, reteniendo todos los detalles. Todos los días María recorría el barrio, y veía cómo el cadáver se hinchaba, cómo los gusanos lo carcomían, cómo se iban asomando los huesos, hasta que finalmente no quedaba nada. «Era fascinante», me confiesa la María adulta, dejando entrever entre sus risas la niña que alguna vez fue.

Cuando recorro hoy el centro histórico asunceno encuentro una experiencia similar al que la María de 12 años encontró en el perro que estuvo estudiando por meses. Todos los días una casa nueva abandonada, un cartel, luces apagadas. Los edificios dejan asomar sus desperfectos, el olor también es de descomposición. El silencio recuerda a un camposanto. Más de 200 edificios y casas abandonadas hay solo en el centro de la ciudad.

Pero Asunción es un murmullo, una suma de memorias, que todavía es posible verlas, como fantasmas. María recuerda a su bisabuelo que construyó la casa donde vivieron su abuela y madre. Aún guarda memorias de la vieja despensa del barrio, y comenta cómo la generación de su madre tenía otra relación con la ciudad. «Volvías del colegio, y salías a la calle a jugar, porque era un barrio populoso. Todos los niños jugaban en la calle. Esa era la experiencia que tenían acá, salir a San José en bicicleta. Los colegios estaban cerca, todo era a pie. La novedad era ver un auto. Cada vez que se veía uno se gritaba ¡auto!». Es así como ella me comparte su Baúl de los Recuerdos.

Las campanas de la iglesia del barrio eran un sonido frecuente en la adolescencia de María, como también lo era el acoso masculino. Ser mujer en Asunción es exponerse de manera incesante a la implacable violencia patriarcal, y es peor cuanto más joven se es. María me comparte algunos trucos de su adolescencia, como cubrirse con las manos por si alguien quiere aprovechar ese momento mientras se baja del colectivo. Todas las mujeres desarrollamos nuestras técnicas, aprendemos a emplear recursos ante los depredadores que nos acechan.

Pero María también colecciona momentos curiosos. «Una vez, volviendo del colegio, nos habíamos pintado las caras con calaveras. Yo tenía un trauma por ser muy flaca. Bajando por la calle San José, me cruzo con un tipo y me dice “Adiós, calavera”. Entonces pensé “si un desconocido me lo dice, quiere decir que de verdad estoy muy flaca y se nota en la calle”. Me miré en un espejo para comprobar y me dije, ¡qué boluda! me dijo eso porque tengo una calavera pintada». Los ojos de María brillan. Las veo, ahí están, la María niña, y la María adolescente. No necesito una foto porque las tengo enfrente. 

    Mi ciudad es de calles infinitas

 y de ella no saldrás por más que andes.

—Carmen Soler

Cuando nos despedimos de Asunción, ella suele todavía hablar entre nuestro andar, sin importar en donde estemos. Ella es capaz de mandarnos mensajes, de acordarse de nosotros a través de alguna canción como recuerdo. Pero a veces simplemente queremos olvidarla. Porque sabemos, en el fondo, cuán difícil es vivir en ella. Ariel reconoce Asunción por sus sonidos. Me confiesa que es fanático de Queen y de Creedence, que suele trabajar con música para tratar de olvidar el estruendo de las construcciones aledañas a su oficina. No obstante, como en toda relación amor-odio, aún somos capaces de extrañar lo malo. En sus viajes a Encarnación —una ciudad ubicada al sur de Paraguay, sobre el río Paraná, frente a la ciudad argentina de Posadas—, Ariel disfruta el silencio, pero no puede evitar admitir que quizá, por momentos, haya demasiada calma. Me desmiente además que en Madrid las aceras sean perfectas, en realidad, las encontró con bastantes baches. Pero ahí descubrió la posibilidad de tomar el metro, de escuchar las palabras amables de transeúntes. De sentir que al cuarto día era capaz de ser independiente.

Por su parte, María extrañaba recibir cada semana en casa El Yacaré, un periódico distribuido a principios de los 2000. En Londres, todo era inmenso, abundante, confuso. Ella prefería estar en su barrio, recibir los divagues literarios e ilustraciones del grupo de artistas enclavado en el tradicional barrio Sajonia. Entre las páginas artesanales de El Yacaré, María encontraba además la cartelera de teatro. «Nunca vi tanto teatro independiente genial como en Asunción en esa época. Extrañaba la Semana del Teatro, pero de acá. En la embajada argentina, en el Centro Cultural Juan de Salazar, en espacios de Sajonia, etc.» Aún en Londres, destino obligado de los grandes artistas, con toda una oferta cultural propia de una capital del mundo, María prefería recorrer esa pequeña ciudad, con sus casas de un solo piso, añejas y desteñidas, con sus eternos aires de abandono y vacío.

Y yo entretanto construía, entre espejismos y palabras,

 el nuevo engranaje de los sueños.

—Isabel de los Ángeles Ruano

¿Cómo es transitar un duelo? Tras la muerte de alguien, lo más difícil se encuentra al día siguiente. Saber que esa persona indefectiblemente ya no está, a pesar de que la costumbre todavía no lo pueda asumir. Porque inconscientemente hay cosas que todavía deseo contarle a la ciudad de Asunción, aunque ella ya no me escuche. Por ejemplo, la María adulta, quizá para decepción de la niña, hoy no es bióloga ni veterinaria. Pero estoy segura de que ambas, la niña y la adolescente, amarán saber que ella sigue firme en su barrio, ahora como gestora cultural.

La muerte nos recuerda que la vida sigue. Quienes quedamos con vida, sabemos que lo único que conservamos es el recuerdo. La memoria de la persona amada. Las palabras, los momentos, los rostros. Quienes aún estamos vivos seguimos el ritual de visitar a nuestros muertos para llevarles flores, conversar con ellos, contarles cosas que sabemos les arrancarían una sonrisa.

Asunción, donde esté, sabrá que Ariel sigue yéndose a esa cafetería favorita, donde siempre pide café frío. Los fines de semana aprovecha para salir con su mejor amiga donde toma una cerveza también fría. Son esos pocos lugares que todavía le hacen sentir bienvenido, donde una conversación cálida y amigable, en contraste con la bebida, le alivian el agotamiento que le produce todos los días la hostilidad característica de esta ciudad. Asunción estaría muy feliz si supiera que a Ariel hoy le motiva ser consultor para lograr espacios más dignos para las personas con discapacidad.

A pesar de las incontables personas que la han dejado durante siglos y décadas —y la dejan aún—, con sus historias de migración, expulsión y exilio; a pesar de que las casas antiguas abandonadas conviven hoy con edificios de lujo también abandonados, hay pequeñas raíces que emergen de la tierra.  Como la muerte da paso a la vida, así también hay flores en la tumba de Asunción.

Edición: Giovanny Jaramillo Rojas

Esta crónica y las fotografías fueron producidas en el marco del taller “Contar el mundo: periodismo narrativo», organizado por Le Monde Diplomatique edición Cono Sur y Revista Late.

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