Acuífero Patiño

“Tiene que haber un monitoreo constante de todas las variables del agua subterránea”: entrevista al científico Karim Musálem


Escribe: Norma Flores Allende

Diseña: Andrés Peralta

11/2021

Escribe: Norma Flores Allende

Diseña: Andrés Peralta

11/2021

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Paraguay es el país con menor seguridad hídrica de América del Sur, según la Global Water Partnership. Esto significa que es el que menos puede garantizar el acceso a agua de calidad y en cantidad a su población. En un país con zonas que exhiben condiciones climáticas favorables a la abundancia de agua, la falta de una gestión eficiente en todo el territorio ha repercutido paradójicamente en uno de los más altos índices de pobreza hídrica del continente. A esta realidad se suman la extrema vulnerabilidad al cambio climático y la falta de reglamentación de una ley de recursos hídricos que podría asegurar tanto el derecho al agua potable en el país como la disponibilidad sostenible de este recurso a lo largo del tiempo.

En el caso de la capital paraguaya y su conurbano, que concentran el grueso de habitantes, la situación del acuífero Patiño es preocupante a raíz de la falta de planificación de las ciudades, así como de la contaminación y sobreexplotación por parte de numerosos agentes.

Para Karim Musálem, experto mexicano residente en el país, la respuesta está en la inversión pública. El científico posee un PhD de la Universidad de Gales y el CATIE en Costa Rica, con una línea de investigación que abarca cuencas hidrográficas, así como la relación entre los bosques y el agua. Actualmente es director de Conservación de WWF Paraguay e investigador nivel II del Programa Nacional de Incentivo a los Investigadores (PRONII) del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) en Paraguay.

-¿Cuál es el panorama de la seguridad hídrica en Paraguay en el marco de la pandemia y la actual crisis climática?

–Primero, me gustaría mencionar que Paraguay no es un país homogéneo, es uno de grandes contrastes ambientales, sociales, culturales y económicos. En lo que respecta a recursos hídricos, esto no es una excepción, tenemos zonas muy húmedas y lluviosas hacia el sur y sureste del país, en contraste con las zonas extremadamente secas y semidesérticas en el noroeste, en la frontera con Bolivia. Entonces las preocupaciones y limitaciones del recurso hídrico no son las mismas en todo el territorio. Hay grandes diferencias.

De la misma manera, la disponibilidad de recursos hídricos subterráneos es extremadamente heterogénea. Mientras que en algunos sitios existe una abundancia de agua dulce subterránea, en otras esta es extremadamente escasa o en algunos sitios inutilizable. Como ejemplo, desde donde hago esta entrevista, las comunidades del Chaco seco, dependen casi exclusivamente de una escasa precipitación, la cual es captada en techos y construcciones y almacenada para ser utilizada con mucha austeridad. Este uso eficiente se debe justamente a que históricamente no ha habido esta disponibilidad de agua y ha sido necesario adaptarse a esta escasez de forma permanente, además de que el agua subterránea es salada, entonces no puede ser utilizada para consumo humano. Estas limitaciones han llevado a que estas comunidades se adapten a la escasez y que hagan un uso muy eficiente del poco recurso que se tiene.

Por contraste, en algunas áreas de la Región Oriental la abundancia de agua nos lleva a ser ineficientes, a desperdiciar un recurso abundante. Sin embargo, hoy vivimos una historia diferente, de escasez y sequía. Actualmente registramos las más críticas bajantes históricas registradas en nuestros ríos Paraguay y Paraná. Estas bajantes son debidas a una precipitación muy por debajo de lo normal no solamente en nuestro territorio, sino en toda la región. Casi todos, sino es que todos nuestros recursos hídricos, son compartidos con países vecinos. Nuestras cuencas, nuestros ríos nacen en otros países y pasan por nuestro territorio y después van a territorios de otros países. El recurso hídrico es un recurso compartido, ya sea este superficial o subterráneo. En Paraguay tenemos claros ejemplos como el acuífero Yrenda, que nace en Bolivia y que fluye hacia el Chaco; el acuífero Adrián Jara, que también está en el norte del país en Agua Dulce. En la Región Oriental el sistema acuífero Guaraní que compartimos con Brasil. En fin, es algo bien, bien complejo y cuando lo queremos entender sirve muy poco solamente ver los límites nacionales. Es una gran cuenca, es una gran región hidrológica, con muchos contrastes.

La pandemia viene a ser una crisis más que se sobrepone a la crisis hídrica que estamos teniendo. Es un problema que vino a sumarse a la lista de problemas que estamos viviendo en la región como la falta de agua en los ríos y los incendios. En ese sentido, también hay que hablar del papel que juegan los bosques y otras formaciones vegetales como humedales y campos naturales o sabanas en regular el ciclo hidrológico. Estas relaciones entre los bosques y el agua, entre la vegetación y el agua, ha sido estudiada históricamente en muchos países, en muchos contextos, y cada vez es más claro el papel de los bosques para mantener la calidad del agua y regular el ciclo hidrológico, por ejemplo, permitiendo más infiltración y reduciendo la escorrentía. Esto es algo prácticamente universal, casi indiscutible, salvo en algunos contextos muy particulares. Alterar o cambiar la cobertura vegetal puede afectar la capacidad de regular el ciclo hidrológico. Por ejemplo, sustituir ciertos tipos de vegetación nativa como humedales por plantaciones forestales comerciales puede generar un déficit hídrico al aumentar la demanda de agua; como consecuencia se dejan de recargar los acuíferos, con menos agua disponible para otras especies. La pérdida de cobertura forestal nativa, por otro lado, afecta la capacidad de infiltración y aumenta la escorrentía. Cada modificación puede alterar esta regulación y debe considerarse en la planificación territorial, en la regulación de las actividades humanas evaluando el impacto y evaluando cómo podemos mitigarlo.

-¿Cómo afecta en la disponibilidad hídrica que Paraguay sea el país más vulnerable al cambio climático en América del Sur?

–Somos vulnerables como país porque dependemos mucho de los recursos naturales, de la regulación de esos ciclos, por ejemplo, del agua. Nuestro país es un país productor y no estamos necesariamente preparados para las situaciones de extrema sequía y extrema precipitación.

Hablamos de conservación de bosques, humedales y paisajes naturales no solamente porque nos gusta y apreciamos la biodiversidad, que es bastante importante por muchos motivos, pero además porque estamos promoviendo la conservación de los servicios que recibimos directamente de esos sistemas naturales, por ejemplo, los de regulación hídrica, infiltración de agua, mantenimiento de la calidad de agua y recarga de acuíferos, que permiten mantener el ciclo hidrológico funcionando, inclusive evapotranspirando, importante para que haya más lluvia al aumentar la humedad disponible en la atmósfera. La conservación de la naturaleza es una forma de ayudarnos a no ser tan vulnerables. Si nosotros eliminamos ecosistemas naturales, estamos a la vez eliminando ese beneficio que recibimos de la regulación. La idea no es suspender al sector productivo a favor de la naturaleza, sino reconocer que la naturaleza le presta un servicio también al sector productivo al permitir que esos servicios que nos dan se mantengan, servicios necesarios para producir energía, para producir alimentos, para que las situaciones no sean tan catastróficas y seamos más resilientes.

-Respecto al acuífero Patiño, ¿qué ejemplos puede considerar la capital paraguaya y su conurbano para abordar problemas tales como la contaminación y la sobreexplotación?

–Necesitamos invertir como sociedad, invertir en grande. Primero, en monitoreo de las aguas subterráneas. Si bien han habido proyectos que estudian estos acuíferos, estos suelen durar poco tiempo, uno o dos años, normalmente apoyados por la cooperación internacional, y a veces con fondos nacionales, pero muy escasos. Lo que necesitamos es una visión a largo plazo, no como un proyecto, se tiene que hacer todo el tiempo de forma programática y continuada. Debe haber un monitoreo constante de todas las variables del agua subterránea. Esto es algo que tenemos que invertir como sociedad si queremos manejar adecuadamente nuestros recursos, no es solo por generar información, también es para garantizar agua de buena calidad y en cantidad suficiente, lo que impacta en la salud directamente y en los sistemas productivos.

Al tener un monitoreo sabremos la cantidad de agua disponible, entenderemos la dinámica de los acuíferos, conoceremos la contaminación que puede estar sucediendo, en dónde puede estar sucediendo. Entonces sí podremos regular el sistema, podremos decir: “Estamos detectando contaminación de hidrocarburos en tal zona o se está sobreexplotando el acuífero en la otra” y podremos tomar acciones concretas con base en esa información.

Lo que pasa con los acuíferos es que son muy poco estudiados, es algo que no vemos. Entonces hay que invertir en investigación y sistemas de monitoreo. Esto pasa en todos los acuíferos de nuestro país. Necesitamos monitoreo, monitoreo a largo plazo, constante, que no dependa de un proyecto nada más. Necesitamos invertir en eso, simplemente, y de ahí derivar todas las medidas precautorias para que no se contamine, para que se deje de contaminar o para que se use la cantidad adecuada y se garantice la sostenibilidad del recurso.

Un ejemplo es el gran acuífero Yrenda que viene de Bolivia, que viene hacia el Chaco Central. Es un acuífero valiosísimo que tiene agua dulce y que en esta zona del país, donde es tan escasa el agua, es importantísimo. Pero no tenemos a mano la información suficiente para saber qué pasa ahí. Se podría instalar un sistema productivo de riego que utilice este recurso y sacar el máximo provecho de este y probablemente no impactaría gravemente, pero no sabemos qué pasaría si ponemos diez o veinte o cien de estos sistemas. Entonces, si no estamos seguros, si no tenemos esta información, las instituciones encargadas tampoco van a poder adecuadamente decidir cuántos permisos pueden dar a los usuarios por el uso del agua o regular la cantidad de usuarios a través de tarifas. Tampoco podemos decidir que no se haga, porque se está suspendiendo una potencial actividad productiva y económica basados en una duda, una falta de información y eso también genera problemas. Conocer, monitorear y regular el uso del recurso es conveniente para todos, también a quienes quieren invertir, porque si van a hacer una inversión de este tipo, ellos también van a querer saber cuánta agua van a poder utilizar y cómo eso impactará en su rentabilidad y sostenibilidad y también sabremos si esto puede impactar en comunidades a su alrededor.

La recomendación es tener un política seria de monitoreo, un instituto o plataforma con los fondos necesarios y garantizados y que se dedique a monitorear, que tenga esta información y que a partir de ahí se generen todas las directrices. Tampoco quisiera decir que no hay nada de información, por supuesto que han habido estudios, pero creo que varios colegas del ámbito coincidimos en que la gran faltante es ese monitoreo constante, progresivo, para poder entender realmente lo que está pasando, cuáles son los límites de nuestras extracciones, hasta dónde podemos sacar agua, hasta dónde no, cuáles son los riesgos al extraer. Esto es parte de lo que se propone, pero es muy difícil, se necesitan muchos fondos, no son cuestiones baratas. Se tiene que hacer bien. Se tienen que asegurar fondos de manera permanente para la conservación de la naturaleza, monitorear y regular, y debe suceder a la par del desarrollo económico, si es que deseamos que este realmente sea sostenible y en beneficio de la sociedad.